Se imaginan por un instante una Euskadi en la que estuviéramos todos? ¿Una Euskadi social y culturalmente consolidada, rica en ideas, auténtica, plural? Lo pensaba mientras comía en un bar cercano a mi casa en San Sebastián, la víspera de Nochebuena. Era tarde ya para lo que se acostumbra en la ciudad y había varias mesas vacías. Su silencio me hizo pensar entonces en las miles de familias que se habían visto obligadas a abandonar el País Vasco en los últimos años. Aquellas sillas mudas fueron llenándose de caras conocidas. Vi de perfil a Fernando Múgica discutiendo con Gregorio Ordóñez. Hombres, mujeres y niños de rostros desconocidos para muchos llenaban aquel desbordante vacío, aquel silencio. ¿Y si nunca hubieran faltado? ¿Cómo sería Euskadi? Imposible saberlo.
La nuestra es una comunidad mutilada que no ha podido ni puede desarrollarse plenamente porque muchos ciudadanos como Gregorio Ordóñez ya no están, ni estarán nunca. No nos dejaron voluntariamente, ¡no lo olviden! Euskadi es una comunidad vaciada a golpe de amenazas, de secuestros, de atentados, de asesinatos perpetrados por ETA. Es una comunidad que permanecerá incompleta, que crece llena de ausencias, de vacíos, de agujeros como los que deja en la arena la ola del mar cuando se retira de la orilla. ¿Dónde están las ideas, la fuerza, el tesón de Gregorio Ordóñez y de tantos otros? ¿Dónde sus debates, sus propuestas?
La honradez como bandera, el entusiasmo por un proyecto de ciudad, por servir al ciudadano. Sin todos ellos, me pregunto, ¿qué hay de auténtico en esa pluralidad que tantos invocan en nuestra sociedad vasca? A mí se me hace falsa, como tantas cosas aquí. No me parece en absoluto responsable construir una sociedad futura basada en aceptar como adversarios políticos a quienes siguen sin condenar a ETA. A los que han chuleado a esta sociedad y ahora se pavonean victoriosos con el mata-sellos de los votos obtenidos en unas elecciones. Ni me parece en absoluto ético dar por democrático su proyecto con la excusa de que en democracia todo es defendible y sentir empatía con su cínico victimismo.
Esta es la pluralidad que quiere ETA, para la que se ha allanado el camino, para la que se ha cargado sin compasión a quienes tenían la valentía de denunciarla y ha echado a quienes invertían con coraje en la recuperación empresarial, política, y ética de nuestra comunidad.¿Es esta la pluralidad que queremos? ¿Es esta la sociedad que vamos a ofrecer a nuestros hijos? Será tan falsa como el perdón de los etarras, como su paz, como su democracia. Y una vez más seremos testigos de nuestra propia cobardía y herederos de nuestros errores por no admitir que ETA es una organización terrorista activa, que los terroristas y sus cómplices no se merecen un hueco en nuestras calles y sí en nuestras cárceles y nuestro desprecio, y que sus víctimas fueron, son, hombres y mujeres inocentes.
Por decir algo tan sencillo ETA asesinó a Gregorio Ordóñez hace hoy 17 años. Nos sigue faltando.